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Задание 10738

Según Daniel, la sonrisa de su padre era

Прочитайте текст и выполните задания А15 – А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному Вами варианту ответа.

Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.

–  Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie –  advirtió mi padre – . Ni a tu amigo Tomás. A nadie.

–  ¿Ni siquiera a mamá? –  inquirí yo, a media voz.

Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.

–  Claro que sí –  respondió cabizbajo – . Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.

Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras.

Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos.

De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido durante aquel día... No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de todos los que todavía pueden contar sus años сon los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviera. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.

Recuerdo que aquel alba de junio me desperté gritando. El corazón me batía en el pecho como si el alma quisiera abrirse camino y echar a correr escaleras abajo. Mi padre acudió a mi habitación y me sostuvo en sus brazos, intentando calmarme.

–  No puedo acordarme de su cara, no puedo acordarme de la cara de mamá –  murmuré sin aliento.

Mi padre me abrazó con fuerza.

–  No te preocupes, Daniel. Yo me acordaré por los dos. Nos miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían. Aquélla fue la primera vez en que me di cuenta de que mi padre envejecía y de que sus ojos, ojos de niebla y de pérdida, siempre miraban atrás. Se incorporó y descorrió las cortinas para dejar entrar la tibia luz del alba.

–  Anda, Daniel, vístete. Quiero enseñarte algo –  dijo.

–  ¿Ahora? ¿A las cinco de la mañana?

–  Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas –  insinuó mi padre blandiendo su sonrisa enigmática que probablemente había tomado prestada de algún tomo de Alejandro Dumas.

 

Ответы:

parecida a la de Alejandro Dumas.
triste porque echaba de menos a su esposa.
misteriosa y provenia de los libros de aventuras. - Правильный ответ
una sonrisa cansada de un hombre anciano y amargado.
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